Buda sostenía que la condición humana era tal que se podía exponer por completo a una investigación fructífera a través de la meditación vipassana y se podía transformar decisivamente a través del entrenamiento budista. Es difícil encontrar fallos en la coherencia interna de esta perspectiva, pero nuestro asentimiento final debe basarse en la experiencia, en pruebas empíricas. Yo solo puedo ofrecer mi experiencia en el trabajo de campo con monjes del bosque meditadores en la Sri Lanka contemporánea. Muchos monjes estaban visiblemente sanos y contentos, "radiantes" y "sin remordimientos", y eso ya me impresionó por sí solo. Sin embargo, para ser justos, podría ser nada más que el fruto de una vida tranquila, ya que no pasé con ninguno de los monjes los largos años que hacen falta para presenciar y comprender su lenta metamorfosis del carácter mediante la disciplina budista.
No obstante, había tres rasgos de los monjes que sí parecían responder directamente al entrenamiento budista El primero era una absorción interesada, incluso fascinada, en lo que ellos llamaban su "trabajo", en referencia al seguimiento, hora tras hora, minuto a minuto, de la ronda diaria que constituye la vida del monje--el estudio, el comer con atención, la higiene, la meditación, el ejercicio; claramente encontraban una tremenda satisfacción en la ejecución reflexiva de estas tareas comunes y corrientes. Pero, en segundo lugar, algunos también dedicaban un esfuerzo tremendo y varios años de sus vidas a proyectos de largo plazo, tal como fundar monasterios en el bosque. Aun así, se mantenían sin ansiedad y con relativa indiferencia al resultado de sus esfuerzos. Tenían a la vez un éxito extraordinario y un extraordinario desinterés por el éxito. Estas actitudes profundamente arraigadas estaban suficientemente alejadas de la vida normal y suficientemente cerca del ideal budista de vivir en el presente que no me fue difícil atribuirlas a la disciplina monástica.
Fue el tercer rasgo, sin embargo, el que más me persuadió de la eficacia de la disciplina: el coraje de los monjes al enfrentarse con animales salvajes del bosque. En dos ocasiones, mientras caminábamos por la jungla, entre mí y un animal sorprendido y amenazante--una vez un jabalí y otra un elefante--solo se interponía el pequeño cuerpo y la ecuanimidad imperturbable de un monje. En ambas ocasiones el monje adoptó una postura firme pero no agresiva y le habló con calma al animal, que se marchó corriendo con estrépito entre la maleza. Ningún comportamiento podría estar más lejos de las expectativas habituales; fueron dos testimonios vívidos de la profundidad de la transformación que se puede alcanzar mediante el entrenamiento budista. Por supuesto, nada de esto demuestra la verdad de las enseñanzas de Buda, pero sí nos invita a contemplar seriamente lo que su pensamiento tiene que decirnos sobre la naturaleza y las capacidades de la constitución humana.
Traducido de Michael Carrithers, Buddha. A Very Short Introduction (1983)